El ESTADO PROFUNDO detrás de los decretos contra Cuba y Venezuela

por Geraldina Colotti/

El reciente decreto firmado por Donald Trump contra Cuba, que define a la isla como una «amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos», no es una locura extemporánea ni un simple cálculo electoral. Es la reafirmación de un código genético imperial que no conoce alternancia de partido. Al utilizar la misma fórmula jurídica adoptada por Barack Obama en 2015 contra la Venezuela bolivariana, Washington confirma que su estrategia de agresión no depende del inquilino de la Casa Blanca, sino de los intereses permanentes del llamado Estado profundo (Deep State).

La anatomía del poder: ¿quién manda realmente en Washington?

Para comprender la continuidad entre la “sonrisa” de Obama y el “puño” de Trump, es necesario identificar las fuerzas reales que constituyen el Estado profundo estadounidense, una estructura que actúa por encima del voto popular para garantizar la reproducción del capital y la hegemonía global.

El corazón del imperio es el complejo militar-industrial-financiero. Gigantes de la defensa como Lockheed Martin, Raytheon o Northrop Grumman necesitan de la tensión constante en el Caribe o de conflictos abiertos para justificar presupuestos de defensa que ya alcanzan billones de dólares. Detrás de ellos se asientan los gigantes de la finanza especulativa como BlackRock y Vanguard, los verdaderos accionistas de la guerra.

Otro componente esencial es la comunidad de inteligencia: agencias como la CIA y la NSA operan con presupuestos opacos y garantizan la continuidad de las operaciones de “cambio de régimen” y sabotaje, independientemente de las promesas electorales de los presidentes.

Eje central es también el complejo tecnológico-mediático: la moderna guerra híbrida se combate a través del control de los datos (Silicon Valley) y la manipulación de la narrativa, orientada a criminalizar a líderes como Maduro o a la dirección histórica de la Revolución Cubana.

Otro pilar fundamentas es la burocracia de la “puerta giratoria”: el mecanismo por el cual los mismos personajes pasan de las cúpulas de los think tanks (como el Atlantic Council) a las juntas directivas de las multinacionales, y de ahí a puestos clave en el Departamento de Estado.

En este esquema, la figura del senador de Carolina del Sur, Lindsey Graham, es emblemática. Graham no es un simple político; es el “visitador médico” del complejo militar-industrial dentro del Congreso. Representa el puente orgánico entre la política visible y los intereses del Estado Profundo.

Como principal cabildero interno del Pentágono, Graham es el arquitecto del consenso legislativo para las sanciones y la escalada bélica. Su obsesión con el “comunismo” o el “socialismo del siglo XXI” no es solo ideológica, sino funcional: sirve para identificar un enemigo que justifique la expansión del poder imperial. Graham es quien traduce las necesidades de los fabricantes de armas y de la alta finanza en amenazas internacionales y decretos de emergencia, garantizando que la agenda de seguridad nacional permanezca inalterada en el tiempo.

El nexo entre el decreto de Obama de 2015 y el de Trump contra Cuba hoy es la obsesión por el ejemplo. Para el Estado profundo, Cuba y Venezuela son “amenazas inusuales” no por su fuerza militar, sino porque demuestran la posibilidad de un modelo de desarrollo fuera del control del dólar.

El imperialismo no puede tolerar espacios de soberanía. Así como en 1945 el uso de la atómica en Hiroshima fue un acto de “diplomacia atómica” para intimidar a la Unión Soviética, hoy estos decretos son herramientas de “diplomacia del chantaje”. Buscan quebrar el eje solidario entre La Habana y Caracas para restaurar el control monopólico sobre los recursos de la región.

Mientras Cuba se prepara para los cien años de Fidel Castro en 2026, el Estado profundo intenta asfixiar la memoria y el futuro de la isla con nuevas sanciones y experimentos de desestabilización. Sin embargo, esta ofensiva choca contra una realidad que Washington, en su ceguera imperial, no logra comprender: la vigencia del pensamiento de José Martí y el proyecto de unidad continental de Simón Bolívar.

La verdadera “amenaza” que el imperialismo intenta neutralizar mediante decretos de emergencia no es otra que el ejemplo de soberanía de los pueblos que han decidido cerrar el paso a la Doctrina Monroe. Como advirtiera José Martí en su testamento político, la independencia de Cuba es la barrera necesaria para impedir que los Estados Unidos se extiendan por las Antillas y caigan, con esa fuerza de más, sobre nuestras tierras de América.

Hoy, la alianza estratégica entre La Habana y Caracas no es solo un acuerdo de cooperación, sino la realización práctica de ese «equilibrio del mundo» que buscaban el Apóstol cubano y el Libertador. Frente a un aparato permanente de Washington que, a través de figuras como Lindsey Graham, pretende imponer un nuevo Plan Cóndor judicial y financiero, la resistencia cubana y venezolana reafirma que la soberanía de nuestra América no se negocia ante ningún decreto.

La historia no se escribe en los laboratorios del control social del Pentágono, sino en la trinchera de dignidad de quienes, en la herencia de Bolívar y Martí, defienden el derecho irrenunciable a la autodeterminación.

Hoy, la alianza estratégica entre La Habana y Caracas no es solo un acuerdo económico, sino la realización práctica del equilibrio del mundo. Frente a un aparato permanente de Washington que, a través de figuras como Lindsey Graham, pretende imponer un nuevo Plan Cóndor judicial y financiero, la resistencia cubana y venezolana reafirma que la libertad de la “Madre América” no se negocia bajo la bota de ningún decreto. La historia, lejos de terminar en los laboratorios del control social, sigue escribiéndose en la trinchera de la dignidad, donde Bolívar y Martí caminan hoy junto a los pueblos que defienden su derecho a existir.

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